Él mismo abrió la puerta y sus noventa y tres años se hicieron jóvenes cuando me saludó. Un jardín al fondo con sus verdes anunciaba la hora del amigo, corría el aire ligero y la palabra soltó sus amarras; desde el primer momento sentí que de alguna manera yo ya lo conocía, ésa su voz me sonaba como un recuerdo contiguo, visto, palpable, familiar. Y aunque reticente para la entrevista formal nunca se negó a la conversación con el camarada que repiqueteaba a su tierra, a sus recuerdos.
Debo decir que estábamos en Guadalajara, un domingo de agosto, y las lluvias se portaron respetuosas. Además, que era la primera vez que platicábamos. Yo sabía de él y él apenas de mí. Le llevaba ventaja: había disfrutado gran parte de su obra y eso me había llevado hasta su casa.
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En su departamento confortable, con la amplitud apropiada
a sus necesidades, compartimos la charla con su hijo Miguel
Ángel y su nieta Ximena. Me sentía igual a un
loro fuera de su hábitat. Pero ellos me prestaron su
aire de familia. Hacía calor. La memoria acalora.
La pintura siempre me ha gustado pero, como había
que vivir, no había tiempo para dedicarme a la pintura.
Comencé a pintar muy tarde, no conocía nada
de eso, de técnica ni nada. Me siguió la acuarela
y me gustó, así inicié mis pequeños
ejercicios hasta que llegué a donde estoy. He pintado
pastel, también; el óleo no me gusta. La acuarela
me encantó por su transparencia, por su belleza, por
su dificultad. En México hay muy buenos acuarelistas.
Hay que dominar la técnica, dominando la técnica
el cuadro ya se hizo. La acuarela más que laboriosa
debe ser rápida, agarrando
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