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LAS MIRADAS DEL AGUA:
LA OBRA DE UN JOVEN ABUELO
Echando una mirada hacia el pasado, en el terreno de la literatura y de las artes plásticas, podemos llegar a la conclusión de que no es normal que un artista, en este caso un pintor, llegue a los inicios de una vocación –que hará suya para toda la vida- teniendo más de cincuenta años, como es el caso del acuarelista oaxaqueño, residente ahora en Guadalajara, Jalisco, Jorge Ortega, que empezó a desarrollar su trabajo a los cincuenta y tres años. Y es de notarse, porque a veces a esa edad ya la mayoría de los artistas han alcanzado la plena madurez en su obra. Muchos escritores, a esa edad, ya habían dejado de escribir, como por ejemplo Percy B. shelley, Arthur Rimbaud, José Gorostiza, y Alí Chumacero, entre otros. Recuerdo y lo he escrito alguna vez, que el poeta español León Felipe empezó a publicar sus primeros trabajos, también a los cuarenta años de edad. En contrapunto, hay artistas mexicanos, que sin dejar de lado su profesión original, en la madurez, después de ser reconocidos, se han entregado, conjuntamente, al ejercicio de la pintura, como son los casos, en México, del poeta Marco Antonio Montes de Oca, del novelista Fernando del Paso y del director de teatro Juan José Gurrola. Y para no alargarnos más en enumeraciones, ¿cómo olvidar que Henry Michaux tiene ganado un lugar como poeta y como pintor, que Paul Gauguin empezó a pintar después de los cuarenta años y que el escritor Víctor Hugo tiene unos dibujos verdaderamente admirables? Estas recordanzas vienen a mi memoria a propósito de la característica ya citada del acuarelista Jorge Ortega, con su libro Las miradas del agua.

Si bien es cierto que un artista, hablando de su formación profesional, que tiene la ventaja de ir creciendo física y espiritualmente –intelectualmente- con los razonados cambios vivenciales a que por cuestiones de tiempo somete su vocación y temperamento, con los asombros propios de una juventud que por lo general, qué bueno, no sabe a dónde va –por eso los encuentros, cuando los hay, son más alegóricos-, con sus influencias asimiladas o desconocidas, con sus propuestas titubeantes o escandalosas, con los aciertos y los equívocos propios de quien quiere imponer a como dé lugar su credo de la verdad y la belleza en el arte, entre otras cosas, puede recorrer su camino quizá con un mayor convencimiento de que su obra es producto de una decisión acertada y asumida, desde temprana edad, con todos los sentidos para tratar de construir otro orden quizá más perdurable.

Pero si un artista, como don Jorge Ortega, descubre su verdadera vocación o elige el camino de la pintura cuando ya ha recorrido otros caminos, cuando la madurez esta en el cenit, es decir en lo alto de la vida, es decir a la mitad; cuando se ha aprendido, vivido, derramado, todo por cuenta propia –sin arrepentimientos ni nostalgias inútiles-, cuando es la hora, porque así estaba marcada quien sabe dónde, de volver a nacer en los colores, en los pinceles, en el agua, en el discreto laberinto de la tela en blanco, en la mirada memoriosa del paisaje, de las cosas que lo rodean, no hay que pensarlo dos veces, hay que abordar el último relámpago que puede llevarlo –lo lleva- al nacimiento de la luz y entregarse de nuevo, como si fuera la primera vez, a otro sueño, a otra vida, que pese a las miradas escudriñadoras de los espectadores, a los acercamientos apasionados de los incrédulos, al inusitado silencio de los exquisitos envidiosos de origen, a la implacable soledad del tiempo aprehendido en cada una de las obras, surge de manera paralela a la anterior, para insuflarle nuevos alientos con imágenes donde él se redescubrirá a sí mismo para convertirse en otro, no mejor, no peor, sino distinto, con la otra parte de su ser también cumplida.

En el libro Las miradas del agua, de don Jorge Ortega, no se nos alerta de ningún estricto orden en el que están colocadas las acuarelas. No sé si esta decisión sea la correcta pero puede resultar quizá más interesante que el espectador mire, aprecie, especule y vaya descubriendo por sí mismo la característica del libro –en el que al final de cuentas aparecen los órdenes específicos- lleno de imágenes hermosas, de coloridos aguerridos y suaves, para formarse su propio criterio. Me parece un acierto en el grueso del libro, dividir los apartados por temas, generalmente hablando, sin respetar el orden de los años en que las acuarelas fueron realizadas.

El mundo de don Jorge Ortega está preñado de sencillez, de amor a la naturaleza –sobre todo-, de las pequeñas grandes cosas que nacen, viven y mueren a nuestro alrededor, a veces sin darnos cuenta por las prisas y la indiferencia a que nos conducen los estragos de la vida moderna. En este sentido, y quizá en otros, este libro es un oasis. Es una especie de Arca de Noé que podemos llevar a donde nosotros queramos. El mar, los animales, las flores, los frutos, el paisaje, la música, los niños, las mujeres, la sensualidad, las zonas regionales, el paisaje humano, pero también el silencio sonoroso de ciertas perspectivas, los espacios justos, los ruidos vegetales que abandonan las páginas para posarse en la memoria, las voces y los ruidos animalescos que taladran los aires, los vientos musicales mojados por las miradas ajenas, todo ello colabora a que la razón no desaparezca pero se oculte para darle paso a la fiesta natural de todos los sentidos. A veces, hay que decirlo, ciertas obras pueden parecernos un poco ingenuas, digamos que algunas de las primeras acuarelas que pintó, pero de ninguna manera desmerecen en esta muestra porque cumplen su función de remontarnos a su trabajo primitivo, mismo que desde sus orígenes nos habla ya de un trazo seguro, de una armonía en la composición y un colorido quizá tímido pero bien resuelto.

Las miradas del agua es un título por demás acertado porque su lenguaje, metafórica o pictóricamente hablando, nos remonta, además de ala poesía –que la tiene en algunas obras raudales-, a la técnica original empleada desde los inicios de su trabajo por don Jorge Ortega, e incluye el tratamiento secreto que nuestro artista va diluyendo para encontrar los colores, los tonos, las gradaciones, que son la base real, después de unos trazos originales que pueden existir hasta en la imaginación –especulo yo- o de unos pincelazos directos, dependiendo de cómo él resuelve plenamente su propuesta.

El mar en este libro, se podría decir, es agua sobre agua, aunque no toda el agua es salada, porque en la primera parte aparecen obras que nuestro pintor realizó –la mayoría- en uno de sus viajes por el estado de Michoacán y de Jalisco, lo que viene a confirmarnos que no todo sucede en el terruño donde nació. De esta serie sobresalen, según yo, las acuarelas “Tapalpa”, que tiene, a primera vista, un tratamiento heredado de las estampas chinas de antaño –a excepción de las figuras humanas- y “Nubes de verano”, en el que los colores tenues y difusos de la parte superior contrastan con la equilibrada delectación de los colores fuertes en la parte inferior del cuadro; pero lo que más me llama la atención son las formas sugeridamente abstractas que conforman, modernizándolo, el paisaje. La segunda parte es el mar en casi todas sus manifestaciones terrenales y sus consecuentes cambios de ritmos en el territorio oaxaqueño, desde una escena de la vida sosegada de sus habitantes con sus habituales labores, a la dulce siesta de una sirena con su instrumento musical aparentemente olvidado mientras el mar y el cielo transcurren como siempre; desde una reunión de gaviotas y veleros a una magnífica vista de Salina Cruz, a una obra realizada con una sapiencia mayor, “Viento sobre la playa”, donde los movimientos y rompimientos son perpetuos.

Por alguna secreta pasión mía sobre la nostalgia –pero no me hagan caso-, la sección de los bodegones y de las frutas tiene un atractivo visual y sentimental que a veces no puede escapar a la naturaleza de los que, aunque vivamos el presente, no podemos olvidar el pasado. Me gusta que esta parte se abra y se cierre con dos bodegones, “Ventana” y “Soledad”, respectivamente, pintadas en fechas recientes con un año de diferencia. La propuesta viene siendo la misma hasta en la perspectiva de las obras, aunque por los colores empleados y los elementos incluidos, el primero, a pesar de la nostalgia, llama a recaudo; en cambio el segundo, remarcado por sus tonalidades y un abandono espiritual, llamémosle así, que se refleja en el cuadro, es más soledoso.

Si yo tuviera que escoger alguno de los grupos en que está dividido el libro La mirada del agua, de don Jorge Ortega, no dudaría en apropiarme, crítica y sentimentalmente, de la sección dedicada a las flores, en la que parece que nuestro pintor desparramó, más que en otras, su sabiduría técnica y poética en este asunto de la acuarela; admirando estas obras me viene a la memoria un verso de Carlos Pellicer: “Ser flor es ser un poco de colores con brisa”. Y así desfilan el nenúfar –no podía faltar la cita obligada del gran escritor oaxaqueño, ahora centenario, Andrés Henestrosa-, las amapolas, los girasoles, los pensamientos, los lirios; pero también la charca, el patio, el florero, la lluvia de oro, que completan un panorama más abierto y una predilección personal por estos prodigios de la naturaleza. No lo pensaría dos veces para decir que aquí está la gran pintura de don Jorge Ortega; la técnica sabia, feroz y amorosamente utilizada; la originalidad de sus composiciones; el razonamiento de los contrastes colorísticos; los acercamientos violentamente hermosos; la delicadeza en las levedades de ciertas flores de apariencia simples pero complejas en sus gradaciones; pero sobre todo los signos declaradamente poéticos que aprisionan los sentidos. ¡Larga vida al creador!

 

Dionicio Morales

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