Ya era un hombre grande cuando comenzó a pintar. Primero traía del mercado cantaritos de barro que convertía en manchones amarillos ocre sobre un mantel de manta azulada y, luego, a medida que se fue soltando, inició con las manzanas.
Los cantaritos y ollas que llevaba a casa nunca nos importaron… ¡había tantos en el pueblo! Pero, ¿las manzanas? Eso era asunto aparte.
Las vimos salir de la burda bolsa de papel, todas sonrosadas
por el bochorno del calor istmeño, e inmediatamente
se nos hizo agua la boca. No es que fuéramos
golosos de las manzanas; al contrario, nos encantaban los
mangos, las ciruelas, y ni hablar de las almendras o el dulce
de coyol. Simplemente esa fruta era extraña en nuestra
tierra, pues decían que venía de allá,
muy lejos. Por días merodeábamos su
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mesa de pintar, imaginándonos el sabor de esas manzanas
ajenas a nuestra región. Con los ojos las comíamos
con sal de chile o nomás así; oíamos
perfectamente el ruido de los dientes al incrustarse en la
pulpa húmeda, y el juguito que nos corría fuera
de la boca. Otras veces deseábamos que, por frustración,
el pintor nos las diera y, azotando la puerta al salir,
se fuera con sus compañeros del trabajo a ver qué
había de botana con el Duga. Pero no, ¡qué
esperanza!
A medida que las manzanas se iban marchitando y se llenaban de manchitas negras, como un Dorian Gray a la inversa, parecía que poquito a poco se deslizaban hacia el papel. Y era allí cuando la esperanza se nos escapaba.
El pintor se emocionaba tanto que se pasaba largos ratos indicándonos, con ojos brillantes de entusiasmo,
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