El Pintor
Los pinceles recorren con prisa el papel blanco. El fondo virgen forma figuras sin trazo previo. Aparecen las palmeras, el mar azul. Mojado, el pincel toma colores. El pulso firme, el movimiento rápido, logran que se sienta el viento y que las nubes, llevadas por él, avancen al infinito. Ahí, en su cuarto, el maestro pinta. Cuando lo hace siempre escucha, ve y recuerda, con claridad, todo: su vida.
Su obra tiene una relación, aun en los cuadros que no lo indican, con su familia: sus hijos, antes; ahora, sus hijos y nietos.
El maestro toma el cuadro 16 de septiembre, lo pone junto a La sandía; se acuesta en la hamaca y observándolos evoca su juventud. Ahora que el tiempo ha transcurrido se percata que ha sido feliz.

–Papá, vamos a la playa –caminaban descalzos por la suave arena blanca.

–Por favor, pinta ese viejo barco –dice el mayor.

–Mejor esas gaviotas –el otro más pequeño apunta con su diminuto dedo índice hacia el cielo.

–Está bien, niños.

Y continúa su paso llevando de la mano a sus dos hijos.

El maestro pinta ahora caballos, mariposas, paisajes con lunas fantásticas. Rememora, extrañando al mar, al viento y a la gente de allá. La nostalgia lo envuelve e imagina que aún es joven y los hijos no han crecido, que se quedaron así, eternos, como sus cuadros.
Sabe, pero se niega a aceptar, que ha trascendido.

Héctor Anuar Mafud
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