Prólogo
Hoy en día, cuando hombres y mujeres miran en todas direcciones, cuando la ciencia y la tecnología han llegado a niveles insospechados llevándonos a nuevos retos, nuevas formas de comunicación y nuevas expresiones artísticas (que no siempre son afortunadas) Jorge Ortega se deslinda de estas últimas tendencias, algunas de ellas abrumadoras y confusas, decidiendo enfrentar su realidad, sin ambigüedades, de frente, con el vigor que da la sobriedad y el pulso firme. Enfrentándose con su pincel a esta cultura del relativismo, donde se compite en lo material y en lo vano, en donde vivimos nuestras vidas sin apreciar lo fundamental, y lejos de sentirnos plenos, nos hemos convertido en seres insaciables dispuestos a dejarnos la salud en aras de un consumismo que no parece tener fin.
Es entonces cuando nos encontramos ante
una propuesta auténtica, donde el artista se comunica con nosotros a través de elementos esenciales: agua, viento, tierra fecunda, en un idioma que rompe esos pequeños mundos fríos y superficiales, para abrirnos un universo de sensaciones y espacios para la reflexión, con una obra ya madura, decantada por el tiempo, dotada de sabiduría y precisión que no necesita de muchos trazos para explorar paisajes con dimensiones humanas, Jorge Ortega comienza a pintar formalmente a los 53 años, pero ha sido un artista toda su vida, habitando la mayor parte de ella en el Istmo de Tehuantepec, región mágica en la que conviven istmeños con asiáticos, europeos y árabes. Oaxaca, una tierra magnífica, en donde se respira una herencia cultural formidable que ha dado a México hombres imprescindibles como: Benito Juárez, Porfirio Díaz, José
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